Resolución de la AIIC sobre Intérpretes en zonas de conflicto y guerra

Reflexiones para un nuevo entendimiento ético, contractual y político con la sociedad.

Soy consciente de haberlo dicho, pero creo que vale la pena repetirlo. No estamos hablando sólo de intérpretes en zonas de conflicto y guerra sino de algo que cuestiona nuestra razón de ser. ¿Queremos ser una asociación que representa a sus miembros o una asociación que aspira a representar a la profesión?

He oído comentar a algún colega que: "Esas personas no son intérpretes, sino taxistas que conocen una lengua local y tienen alguna idea de inglés". Pero, cuando uno de ellos es asesinado cumpliendo con su deber, los titulares lo proclaman y el mundo reconoce que sobre el terreno ha caído un intérprete. Tal vez no todo el mundo, porque hasta ahora nosotros no lo habíamos admitido. Yo diría que la tardanza en aceptar ese hecho tiene que ver con el modo en que percibimos nuestra profesión y con la manera en que ésta evoluciona, en sí misma y dentro de la sociedad.

Preocupaciones de los miembros

Una iniciativa sobre intérpretes en zonas de conflicto no es otro intento de enviar "intérpretes voluntarios" a gastos pagados. Es más, diría que este proyecto es exactamente lo contrario.

En primer lugar, por más amor que se profese a la "interpretación-turística", no se me ocurre que alguien quiera ponerse en una cola para participar en misiones de guerra, donde las posibilidades de secuestro y muerte son las más elevadas, aun cuando el viaje y la estancia en el lugar no sólo sean gratuitos, sino que hasta podrían convertirse en eternos.

Otro elemento en las antípodas de cualquier voluntariado mal entendido, está en el apoyo explícito que presta esta iniciativa a la formación de intérpretes sobre el  terreno.

Asimismo, preocupa que entre nosotros, en Occidente y no en lugares remotos, haya miembros que trabajan en tribunales de justicia, por ejemplo, que están afectados por amenazas más o menos explícitas o se sienten presionados en casos relacionados con la mafia, la liberación de rehenes o la represión de minorías.

La dimensión ética

Ser miembros de una organisación profesional no sólo no nos impide, sino que impone, abrazar una dimensión moral. Pero no me parece que la ética, aunque así lo consigne nuestro actual, y de otro modo, buen Código de Ética, pueda limitarse a las condiciones de trabajo, a los honorarios o al secreto profesional. Para tener un encaje en la sociedad y sentir que ejercemos una profesión que nos dignifica, deberíamos tener una visión más amplia del sentido y alcance de nuestra ética.

Pero esa exigencia, hacia nosotros mismos y de nuestra profesión, reclama un trazo fino que no siempre es ni univalente ni fácilmente reconocible.

¿Podemos decir qué basta con ser fieles e imparciales desde un punto de vista estructural y lingüístico para considerar que nuestro comportamiento es ético?

¿Qué juicio de valor haríamos sobre los intérpretes simultáneos a los que alude Roberto Saviano en su reciente relato: Gomorra, donde se describe que en su actividad mafiosa, la Camorra no sólo imita productos de lujo, sino que da clases de falsificación a aprendices traídos de China y cito: "Las clases se dan en locales de la mafia, con traductores simultáneos"?

Otro ejemplo: ¿Cabría haberse planteado, por lo menos la duda de si participar o no, incluso como intérpretes, en la Conferencia Internacional para Reexaminar la Visión Universal sobre el Holocausto, convocada en 2006, en Teherán, por Mahmud Ahmadinejad con el objetivo declarado de negar la existencia del genocidio nazi?

Pero, las valoraciones éticas podrían adentrarse en casos más tajantes. Supongo que nadie se atrevería, hoy, a declarar que le hubiera parecido bien trabajar para una organisación de ideología nazi.

Y, ¿cómo consideraríamos trabajar para una organisación terrorista? Digamos para el IRA, en su tiempo, o en la actualidad para la ETA o el Movimiento Nacional Corso? Supongo que la respuesta sería negativa.

¿Y si se tratara de trabajar para una organisación secesionista no violenta? Aquí, la línea es más borrosa. Aunque sus objetivos sean anticonstitucionales y, por tanto, ilegales, algunos pensarán que es lícito si ello coincide con su ideario nacionalista. No sólo lícito, sino deseable. Allí está el testimonio de los intérpretes croatas que declararon sentirse "embajadores" de su causa, y me refiero a los que trabajaron durante la  guerra de 1991-1992, en la Misión de Supervisión de la UE (ECMM) que vigilaba el respeto de los ceses del fuego y de los derechos minoritarios.

También la Résistance francesa era ilegal, pero estaba del buen lado de la trinchera moral.  Hoy, sus miembros son, a todas luces, héroes nacionales y, la legalidad de Vichy, un borrón en la historia de Francia.

Enjuiciar el pasado

De modo que la visión de lo de lo aceptable desde un punto de vista ético, además de ser una cuestión ardua, también cambia con el tiempo y el curso de la historia. Aunque hoy nadie, supongo que nadie, se prestaría, a sabiendas, a trabajar para una organisación nazi o que recurre a medios violentos, o para una organisación fascista, con la perspectiva del tiempo y el hondo rastro de la historia, si hoy tuviéramos que enjuiciar a los intérpretes de las Waffen SS, quizás deberíamos preguntaríamos si esos soldados tuvieron alternativa o si podían realmente elegir. Aunque muchos seguramente entraron en las SS como voluntarios, otros tal vez tuvieron tantas posibilidades de elegir como los judíos nombrados kapos en los campos de concentración, quienes, a cambio de no morir en las cámaras de gas, disfrutaron del derecho a morir de vergüenza o del odio que destilaron hacia ellos los demás prisioneros.

¿Cuánto pudieron elegir, o cuánto sabían los intérpretes de Stalin de sus crímenes? Es muy difícil hacer, hoy, una valoración ética con la perspectiva histórica que se inicia a partir del XX Congreso del Partido Comunista. Tampoco se puede adivinar cuál acabará siendo la imagen oficial del estalinismo si termina imponiéndose el reclamo y la reivindicación de su papel y de su figura hechos por parte del nacionalismo ruso actualmente en el poder.

Valorar el presente

Las valoraciones éticas contemporáneas son también complejas y las líneas pronto se confunden. Me parece evidente que ninguno de nosotros se prestaría a extraer de prisioneros heridos en un hospital de campaña una información militar estratégica a cambio de cuidados médicos, aunque ese chantaje - que está implícito en la situación - no se explicite. Y, ¿si la información sirviera para prevenir un ataque? ¿Incluso un ataque terrorista del que depende nuestra propia seguridad y la de nuestros empleadores? En ese caso, la línea se tensa un poco más y nuestra capacidad de tomar decisiones sobre la marcha se vuelve cada vez más difícil.

En situaciones de conflicto y guerra es muy fácil caer víctimas de contradicciones morales. El espinoso debate en torno a sus posibles soluciones pasa por priorizar la opción moral superior, es decir: salvar la vida, por ejemplo, al precio de la ilegalidad o incluso de la injusticia. Y, muchas veces, nos empantanamos en dilemas insolubles, como el que opone a vida contra vida.

Optar es difícil, pero los intérpretes enviados a misiones de cuyos detalles carecen, lo tienen aun más difícil y se exponen a las peores vejaciones morales. De allí, la exigencia de dotar a los intérpretes de una información previa y precisa antes de aceptar una misión. Sólo en la medida en que dispongan de esa información estarán en condiciones de optar por una opción moralmente válida.

La necesidad de contratos de trabajo éticamente aceptables

Las relaciones de trabajo que mantienen las agencias o instituciones que recurren a servicios de interpretación sobre el terreno están lejos de ser un paradigma de respeto de la independencia e imparcialidad del trabajo de interpretación. Empezando por lo que tenemos más cerca: Naciones Unidas - a la que parecería innecesario explicar nuestro trabajo y las condiciones en que éste debe desarrollarse - ha optado por no aplicar sobre el terreno esas condiciones y no contrata intérpretes sino a quienes, eufemísticamente, llama asistentes lingüísticos. Eso le permite saltarse todas las normas y acuerdos con la Asociación, adscribiendo a esos agentes funciones de enlace e información que trascienden, con mucho, su independencia. No extrañará que las partes en conflicto, que incluso perciben a la ONU como una indeseable interferencia extranjera, no reconozca en esos asistentes lingüísticos sino a traidores y colaboradores.

Descendiendo por la pirámide institucional, las organisaciones humanitarias y los medios informativos, que no pueden cumplir con su cometido sin la función de intermediación cultural de los intérpretes, también han recurrido a un apelativo que denuncia la situación. No contratan intérpretes, sino a quienes llaman, de  modo revelador, fixers.

En cualquier caso, la función de trasvase de información básica que permite la interlocución va en ambos sentidos y, si las facciones o etnias locales en conflicto perciben ese trasvase como traición, también los empleadores desconfían de los asistentes lingüísticos o de los fixers que emplean y sobre los que recae una sospecha, más o menos solapada, de espionaje y doble juego. Sin ir más lejos, esa presunción fue lanzada por los mandos franceses después de la emboscada de agosto pasado, que costó la vida a 10 soldados franceses, a 50 Km. de Kabul.

La situación de los intérpretes al servicio de fuerzas armadas es, evidentemente, un caso aparte. Pero, aun cuando el contrato sea exclusivamente de servicios y los intérpretes no formen parte del cuadro armado, tienen que responder a la jerarquía y a las prioridades militares, así como a la cadena de mando. Informes de oficiales del ejército de Estados Unidos en misión de instrucción en Tailandia, por ejemplo, recomiendan incorporarlos al "equipo" e incluso dotarlos de uniformes.

Eso no facilita que su trabajo sea percibido como "independiente" o "imparcial"; y, una vez que la parte que los contrató abandona la zona, provoca represalias contra ellos y sus familias

En la prestación de servicios a organisaciones civiles se reproduce una situación equiparable. Se utiliza a los intérpretes como enlaces e informadores, sin ofrecerles protección durante su misión y menos aun después de que ésta ha concluido.

Los aspectos contractuales

Vamos a referirnos, ahora, a la necesidad de establecer un nuevo entendimiento con la sociedad y sus instituciones - es decir de fraguar un nuevo contrato social - y a la consecución de condiciones contractuales nuevas, prácticas y vinculantes. Nada de lo que pretendemos corregir se conseguirá sin una acción determinada, por parte de la Asociación, ante las partes que, en la sociedad, solicitan servicios de interpretación en zonas de conflicto.

Los trabajadores de las empresas en el sector económico, que afrontan los peores efectos de la globalización y las misérrimas condiciones de trabajo de las maquilas y zonas francas industriales, han negociado acuerdos colectivos universales con empresas multinacionales que, a la postre, terminan por admitir, en esas zonas industriales, condiciones de trabajo equiparables a las europeas. El ejemplo del movimiento sindical internacional debería inspirarnos a actuar de la misma manera con quienes contratan intérpretes sobre el terreno sin respetar sus más elementales derechos humanos o laborales que, en cambio, sí reconocen y respetan en el Primer Mundo.

La dimensión política

Nuestros objetivos no se conseguirán en un día, ni en un año, ni en dos. Sin embargo, me parece que entenderlos en clave política es la espina dorsal de este trabajo de apuntalamiento, no sólo de la situación de los intérpretes en zonas de conflicto, sino también de la arquitectura y futuro de la Asociación.

Durante años, hemos debatido el modo de conseguir el reconocimiento del título de intérprete de conferencias y de nuestra profesión, sin obtener resultados. No me parece que se pueda aspirar, como hemos hecho hasta ahora, a contar con el reconocimiento de la sociedad si preferimos mantener las distancias. Permanecer al margen de los procesos y de los cambios sociales, sin un encaje en la transformación de la sociedad, sin ampliar los marcos de actuación y representación de la profesión en la comunidad, en los tribunales, en la interpretación de signos o en situaciones de conflicto, equivale a encerrarnos en una crisálida dorada, pero vacía. Antes de solicitar el espaldarazo de la sociedad, deberíamos demostrar que le pertenecemos, que crecemos y nos transformamos junto con ella y que lejos de ser una logia secreta y privilegiada, somos un grupo comprometido con una comunidad a la que prestamos un servicio imprescindible. Pretender que se reconozca nuestra tarea de interlocución y diálogo significa estar, allí, dónde esa tarea es más necesaria.

Pedir y conseguir el reconocimiento y la protección de la "neutralidad e imparcialidad de la actuación de los intérpretes" por parte de, por ejemplo, la Asamblea General de las Naciones Unidas o la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, nos dotaría de un instrumento con el cual podríamos defender a intérpretes en casos de abusos o secuestro para que no pueda reproducirse un caso como el del intérprete afgano, Ajmal Naqshbandi, quién, después de la liberación del periodista de La Repubblica para el que trabajaba fue asesinado en cautividad, sin nadie que se hiciera cargo de su suerte, sin estatuto legal y sin apoyo político. Fue liquidado como un perro de la calle sin amo que lo reclamara. Está documentado que cientos de intérpretes mueren al año en los páramos de Afganistán e Irak, sin dignidad y sin merecer, no ya reconocimiento, sino una mención de su nombre.

Debo reconocer que algunas palabras, en particular el concepto de "neutralidad", cuya ambigüedad y, a veces, oportunismo político, han padecido países autodeclarados "neutrales", especialmente durante períodos críticos de la historia, me inquietan. Sin embargo, es la expresión que recogen los instrumentos internacionales y las cartas fundacionales de instituciones humanitarias como, por ejemplo, la Cruz Roja y que también se aplica al personal médico. Al margen del debate conceptual que plantea - muy bienvenido en nuestras filas - , los aspectos prácticos de recurrir a un instrumento redactado en esos términos o similares, que nos dote de reconocimiento y protección internacional, sea en zonas de conflicto, en disputas civiles o industriales o ante los tribunales de justicia, no tiene alternativa.

Creo que en esta coyuntura geoestratégica de emergencias y conflictos internacionales armados nos haríamos un bien inscribiendo nuestra contribución al diálogo y a su solución, señalando la necesidad de que la comunidad de las naciones y sus instituciones nos doten del reconocimiento, la protección y los instrumentos necesarios para continuar realizando esa misión mediadora. Entiendo que el momento es favorable para emprender acciones en ese sentido que nos permitirían, además, asomar las alas y abandonar, por fin, nuestra crisálida.



Recommended citation format:
Eduardo KAHANE. "Resolución de la AIIC sobre Intérpretes en zonas de conflicto y guerra". aiic.net March 9, 2009. Accessed November 24, 2017. <http://aiic.net/p/3197>.



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